Encuentros en la tercera fase

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A finales de la década de los setenta, la fiebre por los extraterrestres estaba en plena ebullición. Todo el mundo creía en que la Tierra era visitada día sí, y día también, por seres de otras galaxias que no tenían otra cosa mejor que hacer que venir de excursión a nuestro asqueroso planteta, violar a nuestras mujeres e introducir sondas rectales a los varones que eran abducidos. Por eso no es de extrañar que alguien se atreviese a hacer esta película que, con el paso del tiempo se ha convertido en una desvergonzada muestra de lo ingenuo que puede llegar a ser el ser humano, en este caso el ser humano ingenuo es nada más y nada menos que Steven Spielberg.

A pesar de que la película dura dos horazas con once minutos, no es que pasen muchas cosas. La pretensión de Steven Spielberg era dar una respuesta a todos aquellos fenómenos relacionados con la investigación de los sucesos OVNI, tales como desapariciones de aviones en el triángulo de las Bermudas, los visitantes de dormitorio, los avistamientos de platillos volantes en carreteras solitarias, y por supuesto indagar en el secretismo del gobierno USA al respecto.

Roy Neary es una anodina persona que, desués de ser perseguido por un platillo volante en plena noche,  se obsesiona con una montaña que ve por todas partes, en los textos del periódico, en el puré de patatas que está comiendo, y hasta le da por reproducirla en casa, ante la desesperación de su esposa que ve cómo su esposo está perdiendo la cabeza. Paralelamente, una comisión secreta del gobierno está investigando unos extraños acontecimientos que suceden desde que en pleno desierto apareciesen varios aviones que se habían desvanecido en pleno vuelo durante la primera oleada OVNI de finales de los 40. Estos señores han dado con una extraña melodía que se está poniendo de moda entre varias culturas terrestres que no tienen contacto entre sí y que parecen haberla escuchado en el cielo.

Después de una hora y media de aburrimiento llega la traca final, la escena que justifica toda la película. Todo sucede en la montaña que tanto obsesiona a Roy, que es real y que ha sido tomada por el gobierno, porque al parecer es el lugar donde se va a producir el primer contacto humano con seres extraterrestres de la historia. Efectivamente, llegan tres navecitas juguetonas que se comunican a través de la música anteriormente citada con los científicos terrestres. Pero estos son los teloneros. Poco después, aparece una enorme nave espacial barroquísima, llena de lucecitas, que se se sitúa a pocos metros del suelo. Y se abre una puerta. Por ella se asoma un ser largirucho y cabezón que da paso a una veintena de enanitos cabezones, de aspecto infantil, que posan felices para los objetivos de los anonadados espectadores del contacto. Minutos después, son un montón de terrícolas que habían sido secuestrados los que surgen de la nave. Y ya para terminar el show, una veintena de humanos vestidos con mono rojo y gafas de sol se adentran en la nave para vivir la aventura de sus vidas. La nave se eleva en los cielos ante las emocionadas lágrimas de la concurrencia, y los créditos comienzan a rodar.

¿De verdad Spielberg pensaba que, en el hipotético caso de que los extraterrestres existan y nos visiten, sean tan ñoños y bienintencionados? Lo siento, pero yo me creo más películas más honestas como Independence Day.

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