Hairspray

Eran otros tiempos. A principios de los noventa todavía estábamos muy lejos de tener a nuestro alcance todas las películas del mundo gracias a internet. Por aquel entonces había dos maneras de conseguir copias privadas de tus filmes preferidos: los video-clubs y la televisión. Gracias a estos dos medios accedíamos a obras que no habían llegado a los cines o que eran demasiado antiguas para que hubiésemos podido verlas. Así fue como cayó en mis manos Hairspray, gracias a una grabación de Canal +. Recuerdo que lo que me atrajo en primer lugar de esta película fue saber que estaba ambientada en los años sesenta, una época que en los ochenta fue reivindicada constantemente (se podría decir que los sesenta son los ochenta de los ochenta, si se me permite el absurdo juego de palabras). En ese momento yo no sabía quién era John Waters, ni Divine. Estaba a punto de descubrir un nuevo mundo de posibilidades, y lo iba a hacer con una película disfrazada de cine familiar que rompía un montón de reglas básicas y se atrevía a ir más allá de lo que llegaban las películas convencionales que había visto hasta ese momento. El propio Waters dice que para él su película más transgresora es Hairspray porque consiguió llenar las salas de cine y colarse en millones de hogares con este caramelo envenenado. ¡Hay una escena en la que un chico negro y una chica blanca se besan disfrazados de monja los dos! Eso es sin duda mucho más transgresor que comerse una caca de perro. Pink Flamingos es más escandalosa, pero ha llegado a un público más reducido y predispuesto a recibir el mensaje de John. Y con Hairspray consiguió un éxito sin precedentes en su carrera cuyas secuelas todavía estamos sintiendo.

Recuerdo que aquel año vi esta película decenas de veces, en compañía de mis hermanos o a solas, fascinado por los detalles de esta historia de superación personal, concursos de baile, tiendas de  tallas especiales, madres que fotografían el televisor cuando su hija aparece en pantalla, fiestas clandestinas de música negra, pelos planchados con una plancha de ropa, dormitorios adolescentes que tienen una reja por puerta, beatniks, disturbios raciales en un parque de atracciones y bombas camufladas bajo una peluca. Ninguna otra película me ha impactado jamás como lo ha hecho Hairspray todas y cada una de las decenas de veces que la he visto.

Estaba tan entusiasmado con mi descubrimiento que lo compartí con mis amigos en un visionado en casa de uno de ellos. Me llevé una gran decepción porque ellos no entendían nada: ¿por qué la protagonista estaba tan gordita? ¿porqué hacían tanto ruido los personajes cuando se besaban? ¿A qué venía esa manera tan lasciva de rociarse laca? ¿Y esos primeros planos de espinillas reventando? Fue el preciso momento en el que me di cuenta de que mis gustos nunca iban a coincidir con los de la mayoría. ¿Cómo era posible que mis amigos no sintieran lo mismo que yo por aquella maravillosa película? Poco a poco fui descubriendo la filmografía de John Waters al completo, y también la obra de otros directores como Russ Meyer, Paul Bartel, Frank Henenlotter… Sin darme cuenta me fui precipitando a los rincones más oscuros y abyectos del séptimo arte, mientras mis semejantes se decantaban por el cine más comercial o el cine de autor más “adulto”. Había iniciado un camino sin retorno.

Guardo con especial cariño aquella copia en VHS de Hairspray. Yo mismo la personalicé forrando el estuche de la cinta con una carátula de la película que recorté de la revista Fotogramas. Ahora tengo tres copias más en DVD, una de ellas firmada por John Waters, pero sin duda mi joya de la corona sigue siendo esta cinta de vídeo desgastada que quizás me permita algún futuro revisionado.

Este texto, escrito por el autor de este blog, ha aparecido publicado en la revista Vanidad de noviembre 2011

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5 Respuestas a “Hairspray

  1. Enhorabuena por la publicacion del articulo, es bueno ver que se reconoce un talento que no se habria descubierto de no existir Internet.

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